El tesoro de los inocentes 

Durante diciembre de 2001, Argentina vivió una serie de acontecimientos que marcaron sensiblemente su historia institucional y política. Aquellas jornadas de 2001 y todo lo que siguió se deben estudiar y analizar crítica y cuidadosamente, así como desde distintas perspectivas, intentando reconstruir las tramas sociopolíticas de un momento parteaguas en el devenir argentino y regional.

En 2021, a 20 años de la profunda crisis que desembocó en la caída del gobierno de la Alianza, la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) entregó el quinto reconocimiento “Emi D’Ambra a la labor política y social” a Rosa y Luis, madre y padre de David Moreno, asesinado por la policía en diciembre de 2001.

En 2023 presentamos en “Cuadernos de Coyuntura” (CDC) “El tesoro de los inocentes”, una obra de teatro escrita por Roberto Martinez, trabajador nodocente de esta casa. La obra recupera aquel fin de año a partir de un hecho que sacudió a Córdoba: el asesinato de David Moreno, un niño de 13 años. 

Un escrito de Javier Sueldo, docente de la FCS, abre la lectura; al tiempo que nos desafía a pensar sobre la historia y el futuro de nuestro pueblo, hoy.

 

Esa mancha que está allí…

por allí… en el suelo! allí!

Y en tu bella cicatriz

parece sangre y sin embargo, sonreís.

El tesoro de los inocentes

Indio Solari

 


Ya pasaron 22 años. ¿Cuántas vidas caben en ese período de tiempo? ¿Cuántos modelos de Estado? Así y de todos modos, los estruendos de la pueblada resuenan como si hubiera sido… inclusive, como si estuviera por ocurrir. Tristes condiciones, inhumanas condiciones, existen. Pero ese, ese es otro asunto. 

“19 y 20”. Toda una categoría construida. El pueblo no quiso, no pudo más. El pueblo y sus integrantes. Familias como las propias, las de cada una y uno. Se agotaron. Resistieron. Salieron, sufrieron y posiblemente sigan sufriendo. ¡Que no sea en vano!.

Pensemos el 19 y 20 como punto de llegada, y también de partida. Arribos repletos de hartazgo y dignidad, partidas empujadas por esperanzas de nuevos y mejores mundos.

La temporalidad de las cosas. El instante infinito. Pasado y presente. Presente y… ¿futuro? ¿Qué futuros? 22 años y la recurrente sensación del tiempo suspendido. La vida de un niño y su familia quedan en suspenso a partir de la represión legalizada y organizada, represión destinada a hacer sentir el rigor más supino que las desigualdades sociales pueden generar. 

La obra nos invita a reconocer y abordar las penas del pueblo, nuestro pueblo. A palpar los recovecos de una vida cotidiana que de alguna manera quedó trunca, tesoros de inocentes que al mismo tiempo constituyen faroles que la llama de la memoria enciende, para seguir caminando los mundos justos que soñamos y hacemos día a día, pié detrás de pié. Aportar a eso, es la tarea. Humana, artística, intelectual, social y colectiva, política, ética y política. 

 

Javi Sueldo. Unquillo, diciembre de 2023.

 


Sinopsis

David Moreno tiene 13 años. Es diciembre de 2001. En una Argentina que se derrumba, David baja con sus amigos por una de las calles de la Villa 9 de julio. Se detienen frente a un supermercado cuando se enteran de que van a repartir mercadería. Luis, el padre de David, está internado por un pico de presión. Rosa, la madre, percibe que la tragedia se puso en movimiento y ya no hay quien la detenga. Ni siquiera el vidente puede evitarla. Él pudo ver antes que nadie la represión en las calles, los gritos, los cuerpos cayendo.

El cielo es un fuego. En el cielo pasan las mismas cosas que en la tierra. Y en la tierra las mismas cosas que en el cielo. Aquel diciembre la angustia se volvió tan insoportable que no hubo corazón que la aguantara. La frontera entre la realidad y el mundo, que Luis y Rosa habían creado bajo la sombra de un aromito, se desvaneció, y ante su amor la eternidad retrocedió: tic-tac, tic-tac..


Primer acto

 

Vidente: En un país del sur del mundo estalla una crisis. Es fin de año y hace mucho calor. En sólo quince días este país tiene cinco presidentes. En todo el territorio se producen encendidas manifestaciones de protesta. Contra ellas, el Estado despliega una fuerte represión que incluye la declaración de Estado de Sitio, personas muertas, heridas, destrozos y saqueos.

Un niño termina de rendir bien una materia del colegio y es promovido a segundo año. Le dice a su madre que el próximo año va a estudiar más y que va a ser más prolijo en las carpetas.

Soy el vidente. El que mira la escena que renace en la maraña de estos días. Recuerdo con claridad los detalles, los gestos, los cuerpos que van a caer.

Me atraviesan.

El amor que será. Los dolores. La esperanza.

Es diciembre de 2001 en Argentina.

Las palabras exigen: ¡que se vayan todos!

las izquierdas,

las derechas.

El desierto crece y en el desconcierto se suspende el tiempo.

Es el derrumbe.

La multitud de excluidos florece inconmensurable en las calles de los días por venir.

Una insurrección espontánea. 

Unos niños juegan al fútbol en una calle de tierra. Un hombre apoya la nuca sobre el banco de una plaza y esboza una sonrisa cansada. Una chica cruza un semáforo en rojo, se olvida de la muerte. Un ángel negro se refleja al pasar por un charco. Una mujer deja caer su vestido en un escenario desnudo. Una ambulancia afónica atraviesa la ciudad. El relojero más viejo del mundo sincroniza las diferentes zonas horarias: tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Sólo cuando uno ha visto, ve de verdad. Aún en medio del caos y los estruendos indefinidos y siempre presurosos, amontonados.

Ésta es una historia de terror. Una tragedia argentina total.

Ver es haber visto.

Lo visto que llega y permanece a la vista.

El fondo de esta historia es la patria que arde.

Un vidente siempre ha visto ya. Habiendo visto por adelantado, prevé.

Veo el futuro desde el pasado ¿Qué es lo que el vidente ha visto por adelantado?.

Aparentemente sólo eso que, en la claridad que atraviesa su visión, viene a la presencia. 

Sin embargo, una vez el sol encandiló las miradas. Todo fue confusión. Estallidos. Y las noches fueron brutales. Igual que los días.

Y yo lo vi. Han pasado veintidós años y nadie quedó afuera.

(Mirando al público) Ustedes son parte de esta historia. En sus ojos puedo ver aquella fracción de segundo luminosa, feroz y maravillosa, en que el ser humano ha sentido la libertad.

 

2

Luis: Una mujer cruza la casa a unos centímetros del piso.

Saca medio cuerpo por una ventana.

                                                  Por otra.

Hasta que ya no puede y sale a la vereda.

La ven golpear las puertas de los vecinos.

Del hospital.

De la comisaría.

Nada.

Hay rumores de balazos.

Se embrollan las imágenes.

La voz de David: mamá en segundo voy a ser más responsable en la escuela.

La mujer mira para su casa una vez más.

Es 20 de diciembre de 2001. Quizás ya son las primeras horas del 21.

A unos centímetros del piso, la mujer busca un teléfono.

No sabe a quién más llamar.

Soy Luis Moreno, el esposo de la mujer que busca: Rosa Martínez.

Estoy internado en una clínica de Villa Allende, por un pico de presión.

 

A esas horas de la madrugada el calor humedece las manos.

De vez en cuando las luces de algún auto iluminan la calle,

hasta pasar al lado de Rosa 

                                                 y seguir.

Sin noticias.

                                                Sin David.

Los gritos y las sirenas rompen la noche. La procesión va por dentro.

Escucho el susurro que Rosa repite una y otra vez: David tesoro dónde estás.

 

3

Rosa: Cómo es posible que hayan pasado ya veintidós años. ¡Cómo pasa el tiempo!.

Yo en persona entro y salgo. Recorro de ida y vuelta estos veintidós años. 

Todo el tiempo.

Otra vez 19 y 20 en Argentina. Otra vez la fuente de fideos queda sobre la mesa.

Se suspende la cena.

Dejo el cucharón en la pileta. Apago la cocina. Tiro a un rincón, primero el repasador, después el delantal de cocina.

Otra vez 19 y 20. Esos días respiran debajo, arriba o por detrás, de todos los días que siguen para siempre.

                                                 David, tesoro, dónde estás.

Y empiezo a llorar y me duele. Igual que ahora.

Veintidós años después.

Cuando voy por el pasillo de la cocina a la calle, acelero el paso. 

Grito. 

¿Cuántas veces pasé por este pasillo? Hoy de nuevo. Miro la puerta, deseo que se abra. Que entre corriendo ¡dejando el barro de la canchita en el piso!.

Castigo de Dios.

Ya no estoy. 

Siento que ya no soy nada.

Yo, acá y ahora, no estoy.

(Mirando al público) Cierren los ojos.

Escuchen:

¿Dónde están sus corazones? ¿Dónde están sus pies? ¿Sus manos? ¿Saben quién está a su lado? ¿Saben que no están en peligro? ¿Saben que ustedes están ahí sentados?.

¿Pueden contestar?.

¿Pueden?.

Yo no. No puedo contestar. Es por eso que me muevo como una desterrada de su cuerpo. Por eso no puedo quedarme quieta, necesito volver a sentir que soy, que estoy aquí, que tengo este cuerpo. Que este es mi cuerpo.

Lloro y me río sin saber qué es lo importante.

A veces no se ve el dolor, pero siempre está. Aquí, en el alma.

Otra vez diciembre y su encrucijada. Como esos juegos de espejos del Súper Park, donde las apariencias son más de lo que son.

Y menos también. 

Insospechadas.

Donde poco tienen que ver unas, de otras y son la misma.

(Mirando al público) ¿Qué les queda de aquel 2001?

Les cuento un secreto: Piedra Labrada y Tupac Yupanqui. Villa 9 de Julio. Córdoba. En esa esquina todavía hay un futuro guardado.

Cómo es posible que hayan pasado veintidós años ya. 

Me han arruinado la vida.

Que el tiempo retome sus pasos.

 

Rosa: tomate un mate Luis ¿por dónde andas con la cabeza?

 

Luis: nada. Acá estoy.

 

Rosa: ¿Qué te pasa?.

 

Luis: ¿Cómo que me pasa?.

 

Rosa: ¿Qué pensás?.

 

Luis: Racing le ganó a Lanús. Hasta Racing está por salir campeón después de 800 años ¡Que locura todo!.

 

Rosa: Dejate de joder. No te entrampes con todo. Va a ser peor así. Ohhhh… mirá la ventana.

 

Luis: Está sucia ¡qué vergüenza!.

 

Rosa: ¡Qué tipo pavo! Mirá los dibujos de los chicos. Ellos siempre ven montañas, con un río, árboles y un sol enorme. Che, hoy cuando fui a comprar yerba a lo de la Lili, le traje un reloj al David. Me dijo que quería uno. Cuando le conté a la Lili, me lo dio, me dijo que después le lleve la plata. Se lo damos cuando le compremos algo a todos. O se lo ponemos en el arbolito.

 

Luis: A mi me jode con que quiere una camiseta de Belgrano.

Rosa: Che tenemos que pagar la moratoria.

 

Luis: Que la moratoria espere. No tengo una moneda. Apenas consiga una changa te llevo al baile. Subite el volumen de la radio. (Suena Sabroso: Llegó tu papi).

 

Rosa: Jajajaja. Vamos el sábado al baile pipi. Sacamos de la lata. 

 

Luis: No hay. 

 

Rosa: ¿Cómo no hay? Si puse lo que me quedaba. (baja el volumen de la radio).

 

Luis: (La abre, la da vuelta, la sacude) Vacía. 

 

Rosa: No lo puedo creer, te gastaste todo. 

 

Luis: Yo no saqué un centavo, Rosa. 

 

Rosa: ¿Entonces? 

 

Luis: Se acabó. 

 

Rosa: Estoy harta de escuchar decir se acabó. Se acabó el aceite, se acabó la leche, se acabó el pan…Se me acaban las ganas.

 

Luis: Estamos como estamos.

 

Rosa: Por el amor del cielo. ¿A dónde vas?

 

Luis: A ver si el país sigue, no vaya a ser cosa que desaparezca, como decía el viejo de Vialidad.

 

Rosa: Hay que cambiar todo. Todo tiene que cambiar.

 

Vidente: el último martes del 2001 el trabajo sigue sin aparecer. La ansiedad crece. Luis camina la ciudad desde temprano con los ojos brillantes, como brasas de agua. La patria duele en el pecho, en la cabeza. La patria produce náuseas y vómitos. Confusión y visión borrosa. Convulsiones. Falta de reacción. Dificultad para respirar.

La patria es extraña. Atrae. La veneras, la insultas, te perdés en ella.

Una bola de fuego cae sobre la ciudad.

Pico de presión.

Lo tuyo es mío y lo mío, mío. 

Y sin embargo, esto todavía no es el desastre. Y si lo es, apenas se está anunciando.

 

5

Vidente: El vidente ve lo que sus recuerdos almacenan. Ve con sus sentidos y los sentidos de sus ancestros que vieron antes que él. Lo que ve se proyecta en el tiempo, y, lo que viene a ser lo mismo, en el espacio. Estamos en las vísperas de otra rebelión. Duerman temprano para estar de pie cuando amanezca.

 

Luis: Tirado en esta cama, vacilo. Me despisto sintiendo viajar el oxígeno por las mangueras. Mi brazo conectado al suero. La boca seca. Descubro el peso de la sábana sobre mi cuerpo desnudo. La luz al otro lado de la ventana.

¿Cómo habrá sido mi desmayo?

La luz al otro lado de la ventana.

Mañana, tarde, noche.

 

Vidente: Imaginen el pasaje de la noche al día, las siluetas de las edificaciones, los animales que despiertan, el sol que llega. Lo que el viento trae. Escuchen el aullido insoportable de los perros.

Ya nada va a ser igual. 

La rebelión es la parte subterránea de la patria. No hay política, no hay institución, sin la rebelión y el espíritu de la rebelión. Hoy los hombres y las mujeres rebeldes crecerán desde la vereda a la esquina, de la esquina a la avenida próxima y de allí a las plazas.

Una marea humana. 

Es la rebelión que prospera, asciende desde un llamado anónimo, escuchado desde la ventana de cada casa. La soledad en este hospital también es parte del ruido que nace.

 

Luis: Pensé que caminar arrimado a las paredes me iba a ayudar a no caer del todo. A no perder lo poco que me queda: sostener a mi familia con mi trabajo. Estoy cansado. Me desespera la situación. Me desespera llegar tarde.

A pesar de todo, me voy a levantar de esta cama ridícula. Voy a pedir revancha. Voy a pedir tiempo. Voy a pedir otra oportunidad.

 

Vidente: 19 de diciembre del 2001. La patria ruge de furia en las manos que golpean las cacerolas. Las cacerolas cocinan el dolor y el enojo. La desesperanza y la incertidumbre de no saber qué va a ser mañana.

 

Luis: Me voy con el pensamiento. Vuelvo al lugar donde quedé tirado. Me bajo por la puerta del costado de la ambulancia que arranca. Camino. Me llaman la atención las estatuas, las iglesias, los edificios, los puentes. También el río serpenteante, el movimiento incesante del centro y los animales de los barrios pobres. Llego a los márgenes más altos de la ciudad. La observo a mis pies.

 

Vidente: Descansen. Van a tener que ser fuertes.

 

Luis: Tengo miedo. Miedo a no estar cuando haga falta. No quiero ser un fantasma. 

Mi último cumpleaños llovió todo el día. Que miserable se puede ser un día de celebración si no se tiene para encender el fuego, para hacer un asado, poner la música, recibir lo amado.

Conozco de cerca la angustia. Hoy otra vez.

¿Entonces? Volvé a empezar Luis. Sí ya sabés cómo es: van a venir los sucesivos recuerdos y los monstruos también. Pero también van a venir los inicios, esa palabra que le salvó la vida a tantas personas.

 

Vidente: Se encendió la punta de la mecha. Desocupación. Hambre. Desazón. Desesperación. Eso para empezar.

 

Luis: Tres muchachos toman una cerveza en el quiosco de aquella esquina. Los escucho hablar de cuando quemaron la Casa Radical.

 

Vidente: La ciudad agoniza. El calor parte la tierra. Los pájaros han huido. Hay zonas en donde nada se mueve y otras donde la tensión hace temblar los cuerpos. Días y días en los cuales la muchedumbre peregrina por las calles en un insomnio constante.

(Mirando al público) ¿Sienten?.

             Campea lo siniestro con todas sus tonalidades. Y los descuartizamientos gratuitos a cargo del Estado. Aprovechadores y cómplices.

Miren:

      El extravío renace segundo a segundo. ¿Cómo mencionarlo? Respuesta imposible por ahora. Recién se va gestando. Los síntomas muestran sus máscaras. Ardiente y de muerte es la ciudad en estos instantes en que el sol da de lleno y el pueblo se deja atrás a sí mismo. Borrando de su memoria la jodida biografía domesticada.

Nada más salir a la calle.

De las respiraciones entrecortadas nace el viento.

 

Rosa: Cruza el patio con aires de indiferencia. Es la última vez que va al patio. 

Atesoro este momento.

Miren, ahí viene. Tuerce el paso para la sombra del aromito. Le encuentro aquella sonrisa escondida de las tardes en la placita. 

Me pide un mate el agrandado. Con mucha azúcar me dice y se ríe. Y me río. 

Con su delicadeza innata y su amor sincero, mi hijo me cuenta que le gusta una compañerita.

Me cuenta un plan: Voy a regalarle una pulsera y un alfajor Tantín blanco, que se que le gustan.

Y se echa a reír de vergüenza linda.

Linda y fugaz vergüenza donde existimos de un modo más intenso. 

Los signos inequívocos del amor. Reales. Frágiles: como un anillo de humo, una burbuja de jabón o los círculos que dejamos al caer en el agua. Transparentes, profundos.

¿Ella lo sabe, Mijo?.

No sé, no creo, a veces sí creo, no sé, me dice.

¡Y decíselo! Animate, es lindo.

Ya voy a ver, cuando vuelvan las clases capaz, me dice.

Me gustaría un día conocerle la carita a esa nena. 

Y destejer el universo que los enamorados esconden.

Ahí, donde comienza lo sagrado.

Ahí, entre el vértigo de la vida y el olvido.

Es 2001, fines de 2001, afloja ya.

David y su mirada en la línea del viento. El aire que se llena de ella y parece subir a las nubes. 

Volar.

Sobre todo si hay animales, 

sol, 

ríos, 

montañas.

La mirada de David, dueño de su destino y de su libertad.

El recuerdo me dice cosas y yo también tengo algo para decirle: lo que pasó ya está dentro mío y me va a acompañar hasta que me muera.

En su más honda belleza; un tesoro oculto en el patio de mi casa. 

A los pies del aromito.

A la tardecita. 

Cuando el sol cocina lento.

 

Segundo acto

 

1

Vidente: En la comisaría conspira el futuro. Se distribuyen cartuchos calibre 12,70 del tipo Antitumulto (AT – munición de goma). También reparten del tipo Propósitos Generales (PG – munición de plomo).

Los PG son rojos, también hay verdes.

Un hombre juega con ellos. Con el dedo índice los toca y ve que, si se retrae, es porque es goma; sino, es plomo.

Estos proyectiles vienen desde el alba del tiempo, fueron la piedra que Caín lanzó contra Abel y serán muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino

Las primeras preguntas son siempre cosmogónicas y los relatos se sitúan en un tiempo anterior al tiempo. En un antes indeterminado y eterno.

Llega a mis oídos el rumor de que hoy un niño va a morir. A plena luz del día. A unas cuadras de su casa. El hombre que va a matar al niño, almuerza despacio. Cuando termina, limpia el plato con un pedazo de pan y se lo tira a un perro que lo mira fijamente a los ojos.

El niño se pone una camiseta y una malla, se moja la cabeza con la manguera del jardín.

El hombre sale de su casa. Le crecen pequeñas serpientes rojas cerca de las pupilas.

El niño corre a encontrarse con sus amigos.

Hoy una mujer gritará de horror.

 

Rosa: David, te dejo la camiseta y la malla sobre tu cama. Tráete una toalla de la soga. ¡Y apúrate, hijo!.

 

Vidente: En el baño de la comisaría, un hombre deja de jugar con los cartuchos. Se peina, se acomoda el uniforme. Moja la punta de una franela sucia y le saca brillo a sus borcegos. Antes de salir guarda los cartuchos en su chaleco negro. 

Su chaleco sobresale del resto. Lo consiguió por su cuenta.

 

Rosa: Hijo llevate estas galletas y una botella de agua grande. Tomá mucha agua que hace calor. No te olvides de tomar agua. Llévate la gorra. Mojala. Volvé antes de la noche. Y cuando vuelvas, acomodá la pieza que es un lío.

 

Vidente: Salen los patrulleros. En uno va el hombre que juega con los cartuchos. Lleva una escopeta. Es impulsivo. Acciona la chimaza de la escopeta Maverick una y otra vez. El ruido que provoca, agita la atmósfera. La carga.

 

Rosa: ¡Hijo, no te olvides nada en la pile! Mete todo a la mochila. Mirá que esa toalla es nueva.

 

2

Vidente: Mucha gente se junta frente al supermercado del barrio.

Entre las 15:30 hs. y las 17:39 hs. comienza a llegar la Policía Provincial a la Villa 9 de julio. Personal policial de la Patrulla Preventiva Norte, Distritos 8 y 8 bis, y de los Precintos 33º y 34º. También veo llegar a la Guardia de Infantería.

Veo al Sub Comisario Juan Alberto Pucheta. Y al Comisario Inspector Luis Omar Farías. Hacen gestos apresurados, comienzan los movimientos. Las insignias prendidas en los uniformes centellean, se multiplican: sargentos, agentes, oficiales, cabos…

Un niño de 13 años se acerca a observar. Escucha que van a dar bolsones de mercadería. Que los van a regalar.

 ¿Quién es el que dijo que la patria de una persona es la infancia?.

El niño se sienta en el cordón de la vereda y, con una ramita, escribe en la tierra de la calle. Al final, dibuja un corazón.

 

Luis: ¡Qué lo parió! ¡Mis hijos! ¡Rosa! Tengo que volver a mi casa.

 

Vidente: (Mirando al público) Miren la esquina de la vereda del frente del supermercado Mini Sol. 

Muchas personas.

Sucesivas derrotas, desilusiones y miserias estallan por el aire.

Cosecharás tu siembra.

 

Luis: Me quemo. Me hace eco mi propia voz. Me escucho lejos. ¿Otra vez? ¿Otra vez estoy llorando?.

 

Vidente: Por la calle Piedra Labrada avanza la Guardia de Infantería, mientras que la policía se ubica a los costados, sobre la calle y la vereda.

Forman una línea de combate. Adelante, la policía. Detrás, la Guardia de Infantería. 

Avanzan.

 

Luis: No hace falta esto. Un poco de ayuda, por favor. El olor del hospital empuja todo a la oscuridad y la noche no es el día. Me siento caer en un pozo. Arrastrarme y no poder salir. ¿Otra vez? ¿Otra vez estoy llorando?.

 

Vidente: Ya comenzará a caer la noche y la desesperación será tan profunda que no alcanzará una luna para tanto llanto. Resulta imposible calmar lo que está sucediendo ante nuestros ojos.

 

Luis: Se me cierra el aire. Ayúdenme a salir de acá. Me ahogo. ¡Abran las ventanas!.

 

Vidente: El cielo es un fuego. En el cielo pasan las mismas cosas que en la tierra. Y en la tierra las mismas cosas que en el cielo.

¿Escuchan? Son los primeros disparos. Grises. Rojos. Verdes. Blancos.

Luis: Tengo miedo. No llego a verme los pies. Anochece cada cinco minutos. Empiezo a tener frío ¿Qué pasa?.

 

Vidente: La pólvora se coagula en el aire. 

Los disparos azules dejan un olor fugaz como el recuerdo arrancado de un sueño.

Un olor denso que crece en los pulmones en intensidad y violencia. 

Las minúsculas balas punzan las narices, las gargantas, las paredes interiores de los cuerpos.

El olor del hospital es el mismo olor que flota en la tierra, como en el cielo. 

 

Luis: ¡Me cago en Dios! Se me acaba el tiempo. Necesito un poco más de tiempo. Estoy lejos de todo y de todos. ¿Dios mío, dónde estás? ¿Otra vez? ¿Otra vez estoy llorando?.

 

Vidente: A veces no duermo y vengo a sentarme aquí, en la oscuridad me limito a ver. 

 

3

Rosa: Estoy con mi hija menor. En un gesto mínimo le pega un par de chirlos al televisor hasta traer de nuevo las imágenes. En el noticiero hablan sobre la continuidad del presidente, que podría renunciar, que un Estado de Sitio, que gente herida, saqueos, cacerolas, autos quemados, barricadas, gases lacrimógenos. La televisión dice que hay muertos.

Creo que ahí empezó el dolor de la muerte.

¿Cuántas vidas perdidas?.

Me acerco a la ventana para ver si me llega todo lo que dicen en la tele. 

Al principio, el silencio. Los ruidos del silencio. Después los disparos, las sirenas y los gritos de un país que se derrumba. Esos sonidos quedan para siempre, son los que mataron a David.

¿Nunca dejan de ladrar esos perros?.

El calor se vuelve ensordecedor.

 

Son las 19:50 del jueves 20 de diciembre de 2001, el Presidente Fernando de la Rúa sube a un helicóptero para dejar la Casa Rosada. 

El Presidente renuncia. 

Una multitud sigue con la mirada al helicóptero blanco de la Presidencia, que despega de la terraza de la Casa Rosada y se retira hacia el norte.

El del noticiero dice que los muertos son muchos.

Yo empiezo con las preguntas: David, tesoro, ¿dónde estás?.

Me dijo que iba a la pileta y después a jugar a los videojuegos.

David, tesoro, ¿dónde estás?.

Me duele el alma y no hay pensamiento que me calme.

En mi pensamiento soy el llanto.

Salgo a la calle. 

Me arrojo a mis miedos. Busco las miradas de los que cruzo. En sus ojos los temores me paralizan. Las sospechas.

De vez en cuando una nube cruza el cielo quemado de este diciembre.

Un susurro repetido: David, tesoro, ¿dónde estás? David, tesoro, ¿dónde estás…?.

Es lo único que deseo saber. No quiero nada más del cielo.

Y corro. 

Camino. 

Y corro a unos centímetros del piso.

 

4 

Vidente: La gente corre. La policía avanza. El hombre que juega con los cartuchos llega hasta el tronco de una morera. Es el oficial de policía Hugo Cánovas Badra. Se arrodilla en posición de disparo.

El sol cae con tanta fuerza que lo obliga a entrecerrar los ojos. 

Unas palomas saltan de una rama a otra, y a otra, y se pierden en el cielo. Bien alto.

El hombre que juega con los cartuchos, recuerda su apodo, se lo dice. Varias veces se lo dice: Súper. Yo soy Súper. 

Y dispara. 

El barrio se derrumba. 

El mundo se derrumba.

Un niño se desploma.

El polvo se levanta.

La tierra se vuelve espesa. 

El cielo también

Todos gritan.

Se suspende el tiempo en el tiempo.

Dios se niega a sí mismo. Se lo escucha crujir entre las ramas de los árboles.

Placer que es cruel…

       (le echás el guante

sin lágrimas…

       a tu pena allí nomás)

   …y el mundo allí nomás.

 

Rosa: Atravieso las calles del barrio a contramano de los autos. Corro buscando a David. Todo el mudo a mi alrededor comparte mi destino. En el transcurso visito mentalmente una por una las casas, los negocios, hasta llegar a la placita donde ya no puedo más y me siento: David, tesoro mío.

¿Cómo puedo transmitir la sensación de estar al borde del abismo? ¿Cómo describir la última y rápida mirada al rostro amado? ¿Cómo se puede vivir cuando la memoria despiadada te recuerda que en el instante de aquella despedida silenciosa los ojos parpadearon para esconder la vergüenza de seguir acá?.

Resuenan los gritos. Me atropellan los gritos. Se me hacen carne los gritos.

El resplandor rojo del cielo.

David. 

Como en una despedida, se me acerca. La cara redonda y con rulos y labios muy rojos. Al trote, la respiración entrecortada. Me señala la esquina. Me señala el cielo. Lo abrazo y él apoya su cabeza en mi pecho, lloramos ríos de lágrimas en medio del barrio, con amargura, con tanta amargura. 

Estamos así un largo rato. Abrazados, hasta que empezamos a reímos del perro que nos mira. Parece hecho de dos mitades diferentes. Una cola larga marrón y un hocico cortito blanco. Sus dos mitades son felices cuando descubre nuestras risas. Mueva la cola y mete el hocico entre las manos de David. Nos mira con sus ojos marrones. Se mete entre mis piernas y David dice que parece dos perros.

Nos reímos en el infierno. 

Nos reímos para despertar el miedo. 

Y el perro nos acompaña.

La picardía de David, su paciencia para la pesca, su pegoteo con la familia, su amor por Argentinos de Peñarol, Belgrano y Boca.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Así pasa.

Llego a mi casa sola, 

                sin David. 

Recuerdo cuando cruzamos la primer mirada en esta vida: en el hospital y él empezó a llorar. Antes de que me lo pongan en el pecho, me agarraban entre dos. Toda transpirada y a los gritos maldecía a Dios y a todo el mundo. Creo que fue lo mejor que hice por él. Ese segundo de la vida en donde la desesperación, el dolor y el amor se delatan en una mirada y en las piernas abiertas que se empiezan a cerrar. En su nacimiento recupero por un instante la libertad.

De pronto crece el desierto. Y ya no hay forma de regresar el mundo a su tamaño. A su lugar. Lo que pasa, pasa para siempre. 

Ufff…

Pérdida, agitada. No sé dónde está mi hijo.

Sin embargo, acá estoy. A tu lado, siempre.

Estás acá. Estás tan acá, mi tesoro.

 

 

5

Vidente: ¿Escuchan a toda esa gente gritar? Son cientos. Gritan al mismo tiempo. El nombre de David Moreno hace vibrar los vidrios de las ventanas. Los gritos suben más y más, sin parar, cada vez más encendidos lo cubren todo. Crecen los gritos. Parece que van a tirar abajo las paredes. El piso del barrio se mueve, se pinta de rojo.

El cielo rojo, como la tierra. De noche, con un sol resplandeciente. Una nube pequeña, un calor grosero…

 

Rosa: en la luz del atardecer, mi niño. Lo siento derrumbarse en mis brazos.

La gente es tan ruidosa.

Él cae y el mundo sigue interesándole. Sin darse cuenta que los ojos se le hunden en la tiniebla, mi niño rebusca con la mirada entre la gente que corre.

Su corazón, su corazoncito.

El aturdimiento invade sus oídos, los empaña.

Agoniza. El aire que respira es lacrimógeno y no le trae la vida, se la lleva. 

Esa mancha que está allí…

por allí… en el suelo! allí!

Y en tu bella cicatriz

parece sangre y sin embargo, sonreís.

 

Luis: Unos días antes mi hijo tuvo un sueño. Me contó que después de quedarse profundamente dormido, soñó. David me dijo que se levantó asustado hasta que se dio cuenta de que había sido un sueño. Pero mi abuela decía que saber que el sueño era un sueño significaba que el sueño no era un sueño. Lo soñado ocurría. David me dijo que en el sueño, yo salía a un campo. Estaba sólo y me veía cavar un gran pozo con una pala y a veces con la mano. Hasta que me cansaba y me caía al pozo.

 

Disparan a mansalva. El instante es infinito.

David está ahí. 

Cinco balas.

No sabemos cómo llegó a ese lugar. 

Cinco balas. La vida se transforma en una pesadilla: llamadas a mitad de la noche. Amenazas anónimas. Persecuciones. Insultos. Y hasta la policía que para a mi hijo mayor y le tira cinco casquillos de bala adentro del auto. 

La misma cantidad de balas que habían asesinado a David. Hijos de puta.

Lo mataron. Hijos de recontra mil gran puta.

Mi hijo. Trece años.

El recuerdo imposible de que ya no estés.

Hijos de re mil puta.

Y por la ventana entra esta luz triste de porquería que no calienta nada. Me hace frío. Me corre un frío. Ya ni del sol espero algo. 

Ya no soy aquel que disfrutaba al costado del lago una pesca con mis hijos.

Bajo el agua, quedaron mis pensamientos. 

Sobre el agua, la boya perdió su gracia.

Y en la orilla, falta mi niño.

Hijos de puta.

El odio envejece, se vuelve rancio. A veces me descuido y sale, como ahora. Simplemente porque es una batalla desigual. 

 

6

Vidente: La dirección del viento cambia y, con ella, las miradas se alejan. 

Sucumbe el orden del tiempo,

el aire se vuelve más liviano,

es el momento del silencio.

 

Camino a la escuela, David -con su cara de madrugada 7:55 AM- habla: mami ¿sabés qué quiero que me regales cuando termine de rendir? Un reloj. De esos que van acá, en la mano. Para saber cuánto falta para el recreo.

 

Un tic-tac que no es un reloj,

un tic-tac que nos cambia de lugar a cada instante.

Los sonidos escapan a los sitios (él lo intuye).

También vislumbra que la sonoridad del mundo cabe en un tic-tac: el griterío que viene de la calle, el susurro de la nena más linda del mundo, la pelota contra la pared, las golosinas al saltar de sus paquetes, las risas exageradas, las proezas imaginarias, la escopeta en su descarga, el ruido de los cuerpos al caer…

Una secuencia de actos mínimos se suspende en el tiempo, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Tic-tac que nos sobrepasa. Herencia. Ruptura. Horizonte.

David pide en sus trece años un tic-tac: tiempo y destino. Imprevisibilidad que lo habita.

 

Rosa: El viento me cierra los ojos. Se abre una brecha en el viento, por la que se cuela un patio con un árbol: un aromito. Veo un paraíso en el infierno. Una madre. Un hijo. Charlan. Sonríen entre mates. Ella le agarra la muñeca. Él cierra los ojos. Ella le coloca un reloj pulsera celeste, liviano. Se abrazan…

¿Para qué la memoria? ¿Para qué la luz de los recuerdos? ¿Para qué necesitamos el rescate de luchas y resistencias? ¿De dolores e injusticias? Capaz para hacernos un lugar más digno en la trayectoria de lo humano. Capaz para hacer crecer en cada ser humano el deseo de que vivir sea de modo que queramos volver a vivir.

Y así por toda la eternidad: tic-tac, 

                                  tic-tac, 

    tic-tac,                                                   tic-tac, tic-tac,

                      tic-tac,

                                                         tic-tac, 

          tic-tac, 

                                        tic-tac, 

 tic-tac,                                                         tic-tac,

                            tic-tac, 

                                             tic-tac, 

              tic-tac,

                                    tic-tac,                                tic-tac, 

          tic-tac, 

                                                  tic-tac,  tic-tac, 

                        tic-tac,  tic-tac, 

                                             tic-tac, 

              tic-tac,

                                    tic-tac, 

          tic-tac,                                      tic-tac, 

                                       

 tic-tac,                    tic-tac, 

                                                         tic-tac, 

          tic-tac, 

                                        tic-tac, 

                                                              tic-tac,

                            tic-tac,                                      tic-tac…

Previous post Las bifurcaciones de las memorias